miércoles, 18 de agosto de 2010

EL POLVO DEL CAMINO, EL POLVO DEL TREN (I)




Durante una época concreta de mi vida, el trayecto Madrid-Valencia lo solía hacer a menudo. Casi siempre tomaba el expreso de la noche que venía a llegar sobre las 8 de la mañana en ambas estaciones, en la Término de Valencia o en la de Atocha en Madrid. Rara vez me decidía por el autobús. Si alguna vez lo hacía, siempre por el dia, era con Auto Res, una compañía de transportes que hacía diversas rutas por las carreteras de España. Entonces no habian autovías ni autopistas, luego los trayectos se hacían a veces interminables, con muchas paradas a lo largo de la ruta. Los viajeros habituales, conocian todas las pautas del viaje...!Ya hemos llegado a Tarancón...!Ya estamos en el puerto Contreras!...Aquellos viajes tenían siempre algo de epopeya, de emoción, como si de una aventura nueva se tratara, aunque los hubieras realizado docenas de veces.
Pero a mi lo que verdaderamente me subyugaba era el tren; los trenes tenian para mi algo especial, casi mágico. Ya desde niño me fascinaban...Los olores aquellos tan peculiares de las estaciones y vagones, los variopintos viajeros con sus prisas y afanes cargados de maletas, las hileras larguísimas de vagones de los expresos y sobre todo, aquellas locomotoras prehistóricas, unas monstruosas máquinas que a mi me parecian infernales cuando resoplaban...Claro está, que me refiero a las de cuando era niño, que eran de vapor.
Pero la niñez hacía años que había quedado atras. Ahora, los familiares que siempre me acompañaban, los había sustituido por una mochila, mi eterna compañera durante aquella época. La RENFE en su afan renovador, habia dispuesto unos trenes nuevos para la linea Madrid-Valencia, los Intercity, creo que se llamaban, que tenian hasta aire acondicionado. En aquella época era todo una novedad y con solo dos paradas, una en Aranjuez y otra en Albacete, te metias en Valencia. Disponian de servicio de retaurante donde te servían el ágape en el mismo asiento, como esos que se sirven en los aviones y el viajero podía elegir horarios entre los varios servicios diarios que cubrian la linea. El trayecto venía a durar unas seis horas. El tórrido calor que azotaba Madrid por esas fechas, me hizo desistir del expreso de la noche y decidírme por el Intercity aunque me saliera más caro, en concreto uno que salía a media mañana...!Estupendo!...!Con aire acondicionado, todo un lujazo como digo y comida incluida! !Y a las cinco estoy en Valencia!...Saqué el billete y tras agenciarme en el quiosco "El Pueblo" y la revista "Triunfo", llegué al vagón-coche donde una sonriente azafata esperaba en el anden...!Puedes sentarte donde quieras, apenas hay viajeros!...!Y tanto!...En todo el vagón, solo detecté a una pareja de mediana edad, a una madre con dos niños y no recuerdo si algun viajero huérfano más...El convoy estaba compuesto por tres o cuatro coches. Me quedé en el primero y con la mochila arrastras me ubiqué casi al final del coche. Como los asientos no eran fijos, cambié la posición del delantero a fin de disponer de todo el espacio y extender así las piernas a mi antojo. Comodamente aposentado, bajé la ventanilla e hice vagar mi mirada durante unos minutos a lo largo del anden. Sonreí a la solitaria azafata a la que recuerdo con un uniforme azul, un tanto recatado, cuya falda le llegaba a las rodillas, pero que no obstante, aquella casta indumentaria, apenas si lograba disimular o disminuir la densidad de sus encantos. !Que polvo tiene!...murmure a mis adentros. Baje la ventanilla, estiré las piernas y pillé lo primero a mano para leer mientras esperaba el pitido de salida. !Todo un placer!...
Apenas si faltaban unos minutos para que iniciara el tren la ruta a su destino, me sorprendió la llegada de una viajera joven, tirando a guapa, media melena de color castaño, bien puesta y con unas piernas de las que hacen despertar los instintos más dormidos. Llevaba una camisa de manga corta de color blanco que dejaba entrever los perfiles del sujetador. Una prenda que me pareció de fina tela y de escasa talla para su contenido. La falda era levemente corta pero que ella, al pasar por mi lado, con sabio disimulo no exento de picardía, hizo parecerla un poco más en un estudiado juego de maleta. Para mi sorpresa, ocupó el compartimento siguiente al mio y tras realizar la misma operación con los asientos que yo hiciera antes, quedó frente a mi, de manera que ambos nos podíamos ver a traves del espacio que separaba los asientos de la hilera intermedia; bastaba con desplazarnos hacia la plaza lateral para que nuestros cuerpos entraran en ambos campos visuales. No hubo saludo, pero me chocó el desdén que mostró, cuando podía haber elegido cualquier otro asiento lejos de mi presencia. El vagón-coche iba vacio, como digo. Extrañamente, mas que irritarme su actitud, vino a elevar mi líbido que ya estaba ligeramente alterada por el suave perfume de la azafata. Por fin el tren se puso en marcha y nos acomodamos en nuestras ventanillas respectivas. Mientras nos íbamos alejando de los últimos edificios de aquel poblachón que era Madrid y el socarral manchego ganaba en intensidad, mi cerebro entraba en ebullición. La elección por ella de su asiento junto al mio, me habia descolocado. Pero fué solo unos momentos. Poco a poco, la confusión inicial fué siendo sustituida por el morbo. Una invasión cálida, pegajosa y urgente, cargada de erotismo, se iba adueñando irremisiblemente de mi voluntad. Me cambié de sitio a fin de poderla ver aunque fuera solo una parte. Una necesidad imperiosa me dominaba. Desde mi asiento y ladeando la cabeza apenas si la podía divisar una una parte de las pantorrillas que las mantenia algo horizontales en relación al suelo. La posición de semitumbada se me antojaba inapropiada y que deducí que en la pose, habia una clara intencionalidad: mostrarme sus piernas con las que jugueteaba con leves movimientos, como una especie de invitación reclamo a que las siguiera mirándolas...

No tardamos en llegar a la estación de Aranjuez. La fortuna quiso que los escasos viajeros que viajaban en el mismo coche, se apearan allí...El tren retomó la marcha lentamente. Ahora si que estábamos solos, absolutamente solos, al menos hasta la siguiente parada en Albacete, unas tres horas más allá. Y un fuego peligroso, que amenazaba quemarnos, habia empezado a arder entre los dos.

Que polvo tiene el camino, que polvo la carretera...

9 comentarios:

Manuel dijo...

Sr.Charneguet, me gusta la forma amena que tiene de relatar sus peripecias juveniles, he leido casi todos sus relatos, y especialmente me quedo con los de Historias de la Puta Mili, quizas sea porque, hemos vivido en el mismo bucle de juventud, y tengamos algunas cosas afines en el tiempo, y ahora leyendo su relato, me ha recordado viejas añoranzas, como cuando iba a la Estación de Atocha pues vivia muy cerca, no solo a ver los trenes, sino la llegada de viajeros, que por entonces me parecian todos muy importantes, el movimiento de los maleteros con sus carritos y la salida al lateral de la estación, donde esperaban los taxis, para subier la rampa y enfilar a la dirección deseada.
Lo dicho, me ha encantado, espero la segunda parte.
Un saludo

charneguet dijo...

Don Manuel, encantadísimo además de honrado, de tenerte entre mis lectores. También yo me cuento entre los tuyos. La claridad de ideas y la ponderación que siempre la acompaña, traslucen un espiritu crítico pero limpio. Virtudes que yo valoro, más si van aderezadas con dosis de inteligencia.
Bienvenido a ni blog, Don Manuel.

charneguet dijo...

Quiero agradecer a los Bloguers ELVIEJOBARBOL y SZANDOROS BORN la deferencia que me brindan al seguir mis garabatos. Me hubiera gustado hacerlo desde sus bitácoras, pero no me ha sido posible, quizas por alguna incidencia de mi propio ordenador. Estaremos en contacto.

CAROLVS II, REX HISPANIARVM dijo...

Charne, una experiencia genial la que vivistes, quién no se ha encontrado una con un polvo que paqué en un tren o en un avión...es una de los incentivos de viajar...

Saludos.

J. F. Sebastian dijo...

Esto no se hace Charne, a ver quien es el guapo que se duerme ahora... Tendré que darme una ducha fría antes de meterme en la cama. Un placer volver a leerte.

J. F. Sebastian dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
isra dijo...

Eres un canalla, esperando estoy, conociendote, el momento en que lamas ese cuerpo, que por tu descripción parece muy apetitoso.

El destino es generoso contigo, hace poco publiqué un post con mi experiencia diaria en trenes y no pasaba de apestarme con los negros que en verano suben al cercanías que uso para ir a trabajar.

No tardes mucho en publicar la continuación...

Javier Tellagorri dijo...

Magistral evocación de viajes antañeros y sensacional estilo reproductor de imagenes mediante escritura.
Lástima que vivas tan ocupado y sólo escribas de vez en cuando, aunque es sabido que ha habido famosos escritores de un sólo libro publicado.

Personalmente el seguimiento de tus andanzas tras "el polvo del camino" me resultan secundarias, porque lo que es una delicia es tu literatura.

Chapeau, castellano viejo.

charneguet dijo...

Mi buen Tella, el aprecio no te debe cegar. Lo que realmente importa es nuestra singladura ilustrada contra los desmanes de las castas parasitarias. Ahí quedan nuestros granos de arena, carretillas en tu caso.
Un abrazo para Su Ilustrísima Eminencia.